De cuando éramos
Del hierro al cristal y qué sé yo
qué más,
Winchester, patines de cuatro ruedas,
en misas de gallo con aceites por demás
y sin cascos, coderas o rodilleras.
Del trébol a Villateca por la avenida, por las aceras,
una quebrada amplia al costado no era buena;
al que cayera se le acababa la faena.
Nosotros de gurrufíos, metras, trompos, perinolas,
también de cometas, papagayos y patear perolas,
jugábamos a cualquier cosa, hacíamos la vida amena.
Eran costumbres infantiles
jugar a la guerra, pero de verdad;
éramos inocentes hostiles,
en conciencia y sin piedad,
pero con nobleza y bondad.
Las heridas, nada invisibles,
eran enfrentamientos risibles,
no, no, no lo puedo negar:
lúdicas guerras al jugar
con piedras, palos y objetos temibles.
Una herida aquí, un moretón allá,
al derrapar, una rodilla raspada,
un ojo morado acá o por acullá,
o cuerpo a cuerpo, una boca sangrada.
Y antes de empezar, norma acordada,
esos acuerdos nos permitirían
a lo que las peleas nos convertirían
en una verdadera guerra campal,
loca, desproporcionada y abismal,
que nuestros padres, al saber, suspenderían.
Una anécdota tengo de
una botella de chicha, pesada, sí, lo era,
pero recordando sé que quedé
en esa quebrada gallera
volcado; y cuando saliera,
seguro a piedras y palos,
estos guerreros malos
no facilitaban mi escape,
y tuve que orillarme y al rape
serpentear hasta que el peligro escupe.
Y muchas anécdotas tengo:
el verdín, la sangre en la cabeza,
el ponsigués, el palo en el ojo,
la resbalosa, el cementerio de leprosos
el club aeropostal y las uvas
playas... y vengo
con algo que no me da tristeza,
sino recuerdos que por naturaleza
hacen del niño, adolescente y joven, un viejo.
Donde las remembranzas de lo añejo
asaltan las memorias del antes niño,
que, entre nostalgias, nobleza y cariño,
expone su sencillez al ahora mundo complejo.
Augusto Plasencia

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